Aqui puedes leer el diario íntimo de TL-1. El propio Lumiere
te cuenta las aventuras y desventuras que tuvo que pasar
para poder realizar su primer largometraje. Y así te darás
cuenta que hacer una película independiente es lo peor que
te puede pasar en la vida.
El Cine Independiente es un viaje
de ida, No Te Subas
...............................

Capitulo 01 - Capitulo 02 - Capitulo 03 - Capitulo 04 - Capitulo 05 - Capitulo 06- Capitulo 07 - Capitulo 08- Capitulo 09
 

CAPÍTULO
01
PRIMER DÍA DE RODAJE
 
         En el primer día de rodaje fue en agosto del año 2002 en la disco llamada Réquiem. Allí se
encontraba el genial Daniel de la Vega, quien nos filmaría con su propia cámara. Con los efectos
especiales estaba Lucas Rodríguez, que haría volar a un murciélago de goma, y su novia Cecilia,
que fue solo a acompañarlo y terminó actuando.
       En esa escena el joven Lumi convence a Gustavo, interpretado por Adrián Golberger,
para que sea el camarógrafo de su primera película.
       El rodaje salió como lo planeado y yo volví a mi casa pensando que era la primera vez
que filmaba desde hacía un año. Mi último día de rodaje había sido en octubre del año anterior,
para la película ATAQUE DEL ESPACIO EXTERIOR. Película que todavía no terminé.
¿Por qué comenzar una nueva película?
¿Por qué no terminar la película que había empezado?
       Porque no tenía tanto dinero. Tenía filmado 1 hora de la película ATAQUE DEL ESPACIO
EXTERIOR Para terminarla me hacía falta una cantidad de dinero inferior a la que necesitaba
para TL-1. Pero para ATAQUE... necesitaba el dinero todo junto. En cambio para TL-1, no
necesariamente.
       El 20 de diciembre del 2001 yo me encontraba editando una escena de ATAQUE... en la
casa de mi querido amigo Sebastián Ziccarello. Él vivía a una cuadra de la Plaza del Congreso.
       Por ese entonces Argentina estaba pasando por su peor crisis, al menos eso decía todo el mundo, y el 20 de diciembre parecía que todo iba a estallar. Ese día la gente salió de sus casas para
echar al Presidente Fernando De La Rúa, y el día anterior esa misma gente había hecho que
renunciara al Ministro de Economía Domingo Cavallo. En un momento dejé de editar, me alejé de
la computadora y bajé a la Plaza para manifestarme junto al pueblo. Los gendarmes reprimían y
dejaban de reprimir. Nosotros corríamos y dejábamos de correr. Así durante horas. Luego de tanto
correr me dio hambre. Me fui de la zona de conflicto y comencé a buscar algún almacén, o algún
supermercado abierto para comprar unos fideos baratos. Pero todo estaba cerrado por miedo a
los saqueos. Tuve que alejarme casi 15 cuadras para encontrar un pequeño negocio, cuyo dueño
me atendió a través de una persiana casi cerrada. Después me metí en un cybercafé, a leer mi
correo nuevo. Estaba esperando que dos personas me dijeran si querían o no invertir en mi
película ATAQUE. Su respuesta fue un rotundo NO.
       Luego hice un llamado telefónico a mi amigo Ariel, para preguntarle si finalmente invertiría
unas monedas en mi película. Y él me contestó que probablemente no, pero en realidad dependía
si los bancos le devolvían su dinero.
       En ese entonces, por un decreto del gobierno, los bancos no podrían devolverle los
ahorros a sus clientes. Este decreto hizo que se sumaran más personas a las protestas, que de
por si ya eran numerosas. Pero la gota que colmó el vaso fue cuando el Presidente dictó el
“Estado de Sitio”. Yo no tenía idea de que significaba eso. Pero cuando me enteré que uno debía
quedarse en casa, sin quejarse por nada, mientras el gobierno hacia lo que quería con nosotros,
enloquecí. Obviamente jamás pensé que la gente haría caso a esa payasada de decreto, pero la
sola idea de pensar, que el Presidente era tan imbécil como para creerse capaz de manejar a la
gente de esa manera, me exasperó. Y se ve que exasperó a varios, ya que todo el país lo quería
fuera de la Casa de Gobierno.
       Caminaba hacia la casa de Sebastián con el estomago destrozado por la angustia y los
nervios. No sólo por no tener plata para terminar la película, sino también por no tener plata para
vivir. Estaba absolutamente quebrado, mi único dinero en el mundo eran las monedas que estaban
en mi bolsillo. Y no eran muchas. Tampoco tenía ya ninguna posibilidad de conseguir dinero
prestado. Tampoco tenía un plan para salir de esa emergencia. Y a mí alrededor las cosas no se
veían bien. Había demasiados “agentes del orden” por ahí. Gendarmería, Infantería, Policía
       Montada, y no estaba la Marina porque ese día no llovió. En la calle veía excrementos de caballos
y unos cartuchos plateados de donde salía el gas lacrimógeno. Llegué a la casa de Sebastián,
cociné los fideos, los comí acompañado de un pan duro que encontré, y seguí editando en la
computadora sin ganas, por más que lo intentaba no podía sacarme mis problemas económicos
de la cabeza.
       De pronto, me ardían los ojos, comencé a ahogarme. Mire a mí alrededor, y vi gas
lacrimógeno entrando por el balcón. Corrí hacia la cocina, y me dije: “en vez de estar acá
respirando gas lacrimógeno en un rincón, prefiero bajar a la Plaza de Mayo y hacer algo por la
Patria”.
       Fui a la Plaza y todo era un caos. Los manifestantes se habían multiplicado en pocas
horas. Muchos de ellos estaban realmente heridos, con sus ropas empapadas de sangre.
Generalmente en este tipo de manifestaciones no se ve gente con trajes y maletines, ni señoritas
elegantes con sus zapatos de taco alto, pero en esta sí. Y en ese momento pensé: “A este tipo SI
lo echan”.
       Volví a la casa de Sebastián, y ahí estaba él con sus amigos. Todos nosotros teníamos
anécdotas que contar. Sebastián me mostró lo que había filmado la noche anterior, en la
manifestación que terminó con la carrera del Ministro de Economía Cavallo. Luego desde el
balcón, miramos las corridas de la gente y la policía. En medio de ese caos ví a un muchacho
con la cara cubierta que me saludaba mientras era perseguido por algunos gendarmes. Al
principio no lo reconocí, pero después me di cuenta de que era Nacho, uno de los protagonistas de
mi película ATAQUE. Nacho me saludó, y siguió corriendo.
       Luego vimos por televisión el discurso del Presidente que fue, sin duda, el discurso más
estúpido que haya alguna vez dicho un Presidente. Se supone que fue escrito por su hijo
“Antonito” de La Rua, actual pareja de la cantante Shakira. Me encantaría reproducirles este
discurso en su totalidad, pero la verdad es que me da vergüenza, vergüenza ajena se dice. Pero
lo que más o menos decía en ese discurso era: “Ayúdenme gente de otros partidos políticos,
porque yo solo no puedo, y si ninguno de ustedes me ayuda el país se va a desmoronar y va a ser
su culpa”. Esto dicho obviamente con otras palabras. Ustedes ya saben como hablan los políticos.
El gas lacrimógeno que entraba por el balcón era ya imposible de soportar. Bajamos todos
para ir a la Plaza de Mayo. A nuestro alrededor había personas en bicicletas y en motos, que nos
decían por donde venían los gendarmes, y por donde no, de esta manera sabíamos qué camino
tomar para llegar a la Plaza. Minutos después la Plaza estaba completamente copada por la ley.
Fuimos todos para la Avenida 9 de Julio, donde está el Obelisco. La gente corría de aqui para allá.
Las balas de goma me pasaban a pocos centímetros. Sebastián filmaba todo con su cámara, y yo
lo asistía. El tener una cámara nos dio cierta protección, los policías creían que éramos periodistas
y podíamos ir un poco más allá. Los enormes camiones hidrantes pasaban a nuestro lado. Yo le
pedí la cámara a Sebastián y los filmé. –¡Para mi película!– le decía yo.
       En un momento, unos manifestantes comenzaron a robar un puesto de salchichas, y la
ley comenzó a reprimir. Un policía vio a Sebastián filmando, y golpeó su cámara con el machete
con el que le estaba pegando al ladrón de salchichas. Las cosas se nos empezaron a complicar y
corrimos hacia el Obelisco, mientras yo seguía haciendo tomas para mi película.
       En los alrededores del Obelisco había una camioneta violeta quemándose. Nos pusimos
a filmarla esperando que hubiera alguna explosión digna de Hollywood, pero ese camión nunca
explotó, solo se quemaba y se quemaba, y yo me perdí una buena toma para mi película.
A Sebastián lo perdí entre la gente y quedé solo, sin la cámara. Habían pasado muchas
horas y yo me estaba muriendo de hambre y ese era el sentimiento de todos los presentes. Unos
manifestantes se aparecieron con enormes, enormes bolsas con jamón, queso, y pan para
hamburguesa, que se habían robado de Mc Donalds. Se pueden imaginar como quedo ese Mc
Donalds. Debe ser la única vez que se le borró la sonrisa a ese payaso lisérgico. Le guardé unos
panes para Sebastián, pero él nunca apareció, y yo me los comí.
       Desde arriba de un semáforo, miré a lo largo de la avenida Corrientes, para saber hasta
donde llegaba la multitud. Jamás pude saberlo. Mucha gente por todos lados. ¡Muchísima! Me
preguntaba hasta cuándo aguantaríamos ahí.
       Hasta que en un momento unos manifestantes en motos gritaron: “¡Renunció! ¡Renunció!”.
Y todos festejamos.
       Yo me quería ir a mi casa, pero tenía mis cosas en la casa de Sebastián, o sea en plena
zona de conflicto. Así que me fui a un bar a ver las noticias, mientras todo se calmaba. Allí vimos
a De La Rua huyendo en helicóptero de la Casa de Gobierno. Todos los presentes festejábamos.
Festejábamos no sé qué. Porque no teníamos Presidente, ni Vicepresidente; ya que este había
renunciado algunos meses atrás.
       Nadie en el bar podía sacar los ojos del televisor. Miramos un resumen de los
acontecimientos, cantidad de heridos, cantidad de muertos. Saqueos y más saqueos en todo el
país. La gente se preguntaba: “¿Qué será de nosotros, sin Presidente ni nada que se le parezca?”
Y yo me preguntaba: “¿Qué será de mi película? ¿Cuándo la terminaré?
       Ya de noche, caminé por la calle hacia la casa de Sebastián. No se escuchaban gritos, ni
motores, ni disparos. A mí alrededor todo estaba irreconocible. Las vidrieras de los locales estaban
destrozadas. Y los frentes de los bancos… pueden imaginárselo. Los vidrios rotos en la vereda y
el pavimento, junto con las pintadas en las paredes, hacían un cuadro perfecto. Perfecto para un
final de una película en la que la Ciudad de Buenos Aires es atacada por unos platillos voladores.
Entré en la casa de Sebastián, y lo primero que me dijo fue: “!Hey! ¡Te perdiste! Te había
guardado unos panes de Mc Donalds, pero no te encontré y me los comí”
       Tomamos un té, agarré mis cosas y me fui. Me estaba empezando a sentir muy mal.
Sebastián me decía que tal vez era por los gases lacrimógenos vencidos que aspiramos (estos
tenían como fecha de vencimiento 1997 y 1998)
       Llegué a mi casa, y me comenzó a temblar todo el cuerpo. Y tuve todo tipo de
pensamientos oscuros. Mi futuro era más que incierto y quise morirme de tristeza. La cabeza no
paraba de dolerme y yo no paraba de pensar, que mi vida había sido un absoluto fracaso desde
que nací, y desde antes también. Siempre pensé que tarde o temprano, tanto esfuerzo iba a
tener su recompensa. Que tanto filmar, que tanto escribir, iba a valer la pena, pero en ese
momento no veía ningún futuro en mi vida. Miraba hacía atrás y solo había oscuridad, fracasos,
lágrimas, tristezas y deudas. Lo único que pensaba en ese momento era que no había
recompensa que justificara tanta angustia durante tantos años. Por lo tanto no valía la pena seguir
viviendo. Yo solo quería hacer una película y estaba tan cerca, tan cerca. Pero había fallado y no
me lo perdonaba.
       Estuve muchos días así, sin salir de la cama. Con un dolor de cabeza que no se iba más.
Un amigo se había muerto semanas antes por un tumor cerebral. Él estuvo varios días con un
terrible y constante dolor de cabeza y no fue al medico creyendo que pronto se le pasaría. Se le
pasó, pero después de muerto. Yo pensaba que tal vez también yo tenía un tumor en el cerebro y
que finalmente me moriría. Y la verdad pensar eso me alivió. Sentí paz al pensar que me estaba
por morir. Al pensar que pronto todo se iba a terminar. Me hice a la idea de que estaba viviendo
mis últimos días de vida y me relajé. El dolor de cabeza y mi repugnante dolor de estómago
provocado por la angustia extrema se fueron.
       Y al fin me puse de pie, casi un mes después del 20 de diciembre. Hoy no puedo creer
que estuve con ese torturante dolor de cabeza durante casi un mes. Las cosas que hace el stress,
comer mal, no descansar nunca, y filmar películas de platillos voladores inconclusas.
Cuando ya me había acostumbrado a mi miserable existencia, una vez más. Cuando ya
nada me causaba algo, fui al hospital a hacerme ver la cabeza. Para asegurarme de que no
moriría. Luego de exámenes, radiografías y todo eso el doctor me dijo que tenía un tumor
encapsulado. Lo de tumor le entendí. ¿Pero encapsulado? ¿Ahora vienen en cápsulas? El doctor
me explicó lo que eso significaba y yo fingí entenderle. Luego me dijo que no debía preocuparme,
que luego de una operación quedaría normal, como siempre. - ¿Cómo siempre? - pensé yo -
¡Tanto lío para quedar como siempre! Podría dejarme mejor ¿no?
       Yo sabía que la operación saldría bien. Ese día estaba positivo y no pensaba en la muerte,
pensaba: “Dios me odia lo suficiente como para no dejarme morir. Él quiere que sufra aquí, en la
Tierra y que ese sufrimiento provoque suicidarme. Morir de esa manera me llevaría al infierno, sin
tener la oportunidad de conocer a Dios. Pero Él no se va a salir con la suya. Porque Él no me
quiere en el Reino de los Cielos. No, no. Él me quiere tener lejos, porque sabe que si me lo
encuentro le voy a pedir muchas explicaciones sobre las cosas que pasan en la Tierra.
Especialmente cosas relacionadas con mi vida. Él se va incomodar al no saber responder en
forma lógica. Y yo lo acusaré de ineficaz, armaré una revolución y entre todos daremos fin a su
reinado. Lo echaremos igual que echamos al Presidente De La Rua”.
Bueno, en momentos intensos hay personas que tienen delirios místicos. Yo no podía ser
la excepción, no podía perderme de eso.
       A pesar de mi optimismo frente a las circunstancias, no podía dejar de pensar en la
muerte y sus consecuencias. Me entretenía pensando que alguien podría tomar mis peliculitas y
hacer alguna retrospectiva. Se referirían a mí como el tipo que se murió por un tumor cerebral,
antes de filmar los últimos 20 minutos de su primer largometraje.
       Meses después de la operación, me prestaron una casa. Conseguí un par de pequeños
trabajos pero no podía deshacerme de mi tristeza. Trataba de acostarme con todas las mujeres
que se me cruzaban en el camino y así olvidar mis angustias existenciales. Pero todo era inútil.
El amor de las mujeres no puede eliminar la profunda pena producida por la obsesión enferma de
permanecer fuera de la realidad a través de una maldita película de platillos voladores. Entonces
comencé a pensar otra vez en la muerte (sí, tienen razón, esto ya resulta monótono) Pensaba en
el tumor encapsulado y en la muerte que nunca se me apareció. Tenía que encontrar la manera de
filmar o iba a enloquecer por la angustia. Tenía que encontrar una idea que sea rápida, barata y
fácil de realizar. Y de pronto me dije:
       “Ya sé. Voy a hacer una historia sobre un muchacho que sueña con hacer una gran
película. Hace cortometrajes para conseguir dinero para financiar esa película y cuando se
encuentra realizando su sueño, le dicen que tiene un tumor en el cerebro y que le queda poco
tiempo de vida.”
       Y así nació la idea de hacer TL-1. Escribí algo parecido a una sinopsis en 3 o 4 días. No
fue muy complicado, me acordaba de cosas que habían pasado en mi desgraciada vida de
director de cortometrajes y las escribía. Yo creo que la vida de cualquiera de nosotros tiene una
cantidad de cosas lo suficientemente interesantes como para hacer varias películas, solo hay que
guionarlas y dirigirlas en forma entretenida.
Para que TL-1 se hiciera realidad, pensé en filmar tan solo 30 minutos de relatos y
algunas dramatizaciones de estos relatos en forma de documental televisivo. Luego los editaría
junto con los cortometrajes que había filmado hace unos años, que ya sabía que funcionaban. Y
así encontré la manera de hacer posible mi primer largometraje y encontré la forma de meter mis
viejas películas en un contexto que potenciaría su efecto humorístico. Pero algo salió mal.
No filmé 30 minutos, llegue a filmar 1 hora y 10 minutos. Más los cortometrajes, la película
ahora dura 111 minutos.
       Podría ser peor, todo lo que llegué a escribir, en caso de haberlo filmado, hubiera durado
como cuatro horas. Por lo tanto todo lo que escribí no está en TL-1, y tampoco podía meter ahí
todos mis cortometrajes. Es por eso que dividí toda la historia en partes. Y a la primera de ellas le
puse “TL-1: Mi Reino por un Platillo Volador”
       Cuando veo TL-1, es como ver mi repugnante pasado. Y este me hace mucha gracia. Me
río de mí mismo casi con burla. Y reírme y escuchar como la gente se ríe de mi vida hace que mi
existencia sea menos patética.
       Yo pienso que si uno vive un acontecimiento horrible y lo cuenta y luego lo vuelve a contar
y luego lo cuenta otra vez y otra vez y otra vez y así sucesivamente, a la vigésima quinta vez que
uno lo cuenta, ese acontecimiento horrible comienza a causar gracia. Y si uno lo cuenta 50 veces,
este puede causar carcajadas. Y si uno lo cuenta 200 veces, uno ya puede hacer una película con
eso. ¡Ja!
       Y con respecto a ATAQUE DEL ESPACIO EXTERIOR, no sé cuando, pero la terminaré.


   

Siguiente

 

 

.Sipnosis - Prensa - Trailer - Personajes - Proyecciones - Contacto - Miseláneas -Home- TL-1